LA NAVIDAD EN GRIS
Don Pedro, como sus pocos, muy pocos amigos lo conocían era el tipo más detestable del pueblo, perdía tiempo en cosas bobas, como escribir, leer, creer y ser feliz, era un ser raro, siempre tenia mas de una solución a cualquier problema, creía en un ser superior y amontonaba libros en el portal de su casa para que la gente los lleve gratis, no conozco a alguien en nuestro pueblo que haya llevado siquiera uno, pero él, siempre con esa maldita sonrisa en el rostro.
El último mes del año decoraba su frentera con cintas de colores y adornaba un árbol de forma ridícula que tenía a la puerta de su casa, mataba sus aves más gordas y nos invitaba a cenar para celebrar "el cumpleaños de alguien especial" decía Él. Muchas veces lo escupí en la cara por tan grande atrevimiento, y no fui el único que lo hizo, pero él repetía la tradición e insistía todos los años.
La vida aquí en Gris es desgraciada, vivimos rápido, porque la muerte llega veloz, cada uno trabaja para sí, somos miserables en gran manera y no necesitamos ese tipo de compromisos, así estamos bien.
Un día don Pedro murió, sus ojos dejaron de brillar y por fin esa voz alegre se apagó, pero esa maldita sonrisa seguía allí, nunca se le borro parece que se le dibujaba desde adentro, desde el alma.
El alcalde de Gris nos pago a mi y a algunos vecinos para que retiren el cuerpo de su casa y después la incendien junto con todas sus porquerías. Miles de libros decoraban sus paredes, algunos negros otros marrones pero había uno en especial era rojo y tenía un brillo interesante, lo abrí con cuidado sin que nadie me vea y me juzgue de vago, el libro hablaba de ese día donde don Pedro empezaba a decorar su casa y a invitarnos a cenar, hablaba de una costumbre extraña pero satisfactoria que hacia que ese tiempo del año que era frío se torne cálido, habla de la muerte y de la vida, de morir para vivir, era demasiado, sentí mis manos débiles y el que el libro se escurrió de ellas, cayo al suelo pero lo volví coger con desesperación como si me hubiera encontrada con un gran tesoro, escondí el libro en mi chaqueta y les dije a los demás que yo me encargaría de quemar toda esa basura y se retiraron felices.
En la noche devoré el libro o será que él me devoró a mi, me dejó con un enorme vacío y mi ser miserable se sentía intranquilo, a la vez sentí que había recibido demasiado y que explotaría, necesitaba compartirlo con otros aunque eso signifique una muerte triste y solitaria.
Intranquilo, volví a la casa e inspeccione los demás libros para mi sorpresa eran todos iguales, copias fieles del libro rojo escritas a mano, a puño y letra de don Pedro.
Desde entonces, cada año saco los libros a mi frentera, mato a mi ave más grande y alguien me escupe en el rostro, ¡pero nadie me borra la sonrisa!
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